Le français appartient-il vraiment à la France ?
Spoiler: bastante menos de lo que solemos imaginar.
Cuando pensamos en la lengua francesa, es bastante probable que las imágenes que nos vengan a la cabeza sean previsibles: París, la Torre Eiffel, un croissant o un pain au chocolat.
Sin embargo, si nos alejamos unos cuantos miles de kilómetros del Hexágono, el francés sigue ahí. Lo encontramos en Montreal, Dakar, Abiyán, Túnez, Bruselas, Ginebra, Kinshasa … pero entonces, ¿a quién pertenece realmente la lengua francesa?
Francia no es la francofonía
Durante mucho tiempo, aprender francés ha significado, casi automáticamente, aprender Francia.
Los libros de texto nos han llevado de paseo por París, nos han enseñado a pedir une baguette y, con un poco de suerte, nos han dejado escapar de la capital para visitar Lyon, Marsella o Estrasburgo.
Pero el mapa del francés es bastante más grande.
Quebec, Bélgica, Suiza, Senegal, Costa de Marfil, Haití, Camerún, el Magreb… el francés se habla en contextos completamente diferentes y convive con muchas otras lenguas.
Su expansión está profundamente ligada a la colonización y a una historia en la que el francés fue lengua de administración, educación y poder.
Sin embargo, las lenguas tienen una curiosa costumbre: una vez que empiezan a viajar, ya no hay quien las pare. Se mezclan, cambian y terminan perteneciendo también a quienes las hablan.
¿Un char? ¿Eso es francés?
Hemos aprendido que coche se dice voiture. Perfecto. Hasta que llegas a Quebec y alguien te dice: J’ai laissé mon char dehors. Y tu piensas … ¿tu tanque? Tranquilos. Solo nos está diciendo que ha aparcado el coche.
En Bélgica escucharás palabras que quizá nunca aparecieron en tu libro de texto; en Senegal encontrarás expresiones propias y en Quebec descubrirás rápidamente que el francés no siempre suena como el que aprendiste en clase.
Entonces, ¿cuál es el francés correcto?
Quizá todos. Porque una lengua que cambia no es una lengua que se habla mal. Es una lengua que está viva.
Las lenguas vivas nunca permanecen intactas: viajan, se mezclan y toman prestadas palabras de quienes las hablan.
El francés lleva siglos haciéndolo. El contacto con el árabe, por ejemplo, ha dejado palabras que hoy forman parte de la lengua francesa y que encontramos incluso en sus diccionarios. Algunas llevan ahí tanto tiempo que probablemente muchos hablantes ni siquiera se preguntan de dónde vienen.
Y otras siguen llegando.
Porque mientras haya personas que hablen una lengua, habrá personas que la cambien y esa es precisamente la mejor señal de que una lengua está viva.
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